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Epílogo con yapa
Pasaron ya casi todos los años que me fueron alocados.
Terminé de escribir algunos recuerdos, obviando otros dolorosos o
intrascendentes. Muy pocas personas quedan que puedan discutir la verosimilitud
de lo que anoté. Eso me tranquiliza.
Pero nací en
Buenos Aires y ese fue un acierto (gracias mamá!). Eso me permitió una vida
interesante y larga. Es un alivio pensar que mi muerte será una muerte
rutinaria que no llamará la atención de muchos y tengo el alivio de saber que
en unas pocas generaciones mi existencia será olvidada y tantos hipócritas que
andan por ahí no me joderán con coronas de flores indiferentes y sin perfume.
Una de las
ventajas de estar vivo es que uno puede cambiar sus opiniones. Estar vivo es
una condición en general necesaria pero no suficiente. Digo “en general” porque
cosas que alguien dijo con cierta intención hace un siglo o un milenio puede
ser tergiversada por mentirosos que así creen servir al interés nacional o lo
que sea.
Hay quienes
se encaprichan con una opinión por falta de meollo pensador. Otros lo hacen por
obcecados. Esta gente queda con una opinión muchas veces anacrónica. Gran parte
de estos negadores son viejos a quienes les resulta imposible ver como sus
sagradas opiniones caducaron. Quiere decir que pese a que respiran, no llenan
todas las condiciones para que se pueda decir su cerebro esta vivo.
En resumen, no me puedo quejar. Mi vida no pasó
apaciblemente, pero esa fue la parte mas interesante.
A continuación, algunos relatos cortos que serán el
epílogo de este álbum.
Balance
a los 83
Algunas palabras íntimas conmemorando mi nacimiento
hace ochenta y tres años y la muerte que se avecina. (Pensar que nací antes de
la batalla de Stalingrado).
Viví, no lo niego.
Hubo quien me quiso y hubo a quienes quise.
Por el camino quedaron amigos, enemigos, compañeros y
amantes. No tantos como hubiera querido.
Recuerdo momentos truncos que pudieron haber sido y no
lo fueron. ¿Adonde me hubieran llevado?
Viví vidas sucesivas en dos países distintos, en
lenguas distintas. Dejo hijos y nietos divergentes y nunca sabré sus destinos.
Mis manos tienen la belleza decadente de lo antiguo.
Por momentos las recuerdo lozanas, fuertes y a mi pedido, impertinentes.
Recuerdo amistades cortadas, objetos perdidos,
canciones olvidadas que de manera inesperada reaparecen en mi conciencia.
Recuerdo lloros de recién nacidos y recuerdo lloros
por recién muertos.
En las noches de insomnio que me persiguen, sueño con
mis fantasmas y enfrento mis demonios. Se que morirán conmigo. Que se jodan!
9/4/2025
Rubén recuerda su infancia (1998)
El día que me muera quiero poder recordarlo
durante mil años. Quisiera ver mis mil recuerdos una vez y luego volver a
verlos otra vez. Quisiera volver a correr como a los ocho años con la excitante
sensación de volar cerca del suelo.
Quisiera como entonces ser ignorante de la
fatalidad de la vida, del efímero esfuerzo de sobrevivir otro día. Quisiera
contemplar la angustia del hormiguero atacado por mi curiosidad inocente sin
sentir los remordimientos que este acto me produciría hoy.
Quisiera volver a trepar por la higuera a
una ventana en un segundo piso sin calcular de antemano los riesgos que, entre
otras cosas, hoy me limitan.
Estos recuerdos de esa, mi infancia, van
mezclados con otros que, como pasa en una sopa agridulce tienen todos los
caracteres que quiera buscar atenuados por un filtro de cosa vieja, arrugada,
como la piel del tomate después del hervor en la sopa, ya tibia, lista para
tomar, o lista para ir a la basura. Y todo levemente triste.
Recuerdos
encadenados comenzando y terminando en un día de lluvia en Tel Aviv. (11.2021)
La primera parte transcurre estos días en Tel Aviv
Placer de
sentarme frente al balcón (con vidrio de por medio) y ver el temporal. Nubes
oscuras vienen corriendo desde el noroeste a lo largo del horizonte, que se
acercó a mi balcón. Las luces automáticas entre las plantas de mi balcón se
prenden y apagaban al ritmo del paso de las nubes. Truenos, rayos, refusilos y
otras palabras que no recuerdo o nunca supe definen el ruido de lo que parecía
una corrida de muebles en el piso de arriba.
Los pétalos caen
del rosal y como barquitos de papel de inmediato salen navegando hacia el
desagüe. Allí se amarran a la orilla y despacito despacito se formó un embalse
de pétalos blancos que acumulando un charquito de agua de lluvia.
Recuerdo con
placer las lluvias veraniegas en Necochea en los días de mi infancia y
juventud. También entonces solía sentarme, sin preocupaciones ni obligaciones
(“Sans Souci” suena demasiado cursi y con olor a naftalina. Estos días gana
“Don‘t worry, be happy” rejunte de palabras que me da en el hígado).
Sentado, digo,
en un sillón de mimbre en el porche del chalet viendo como llovía. Lo mejor fue
en mis primeros años, cuando la calle todavía no tenía asfalto y la lluvia
formaba arroyos que yo imaginaba ríos torrentosos. Cuando llegó el asfalto a
“mi calle” este arruinó bastante el espectáculo…
No se puede
comparar la imaginación de un chico con la de un viejo y tampoco se puede
comparar las lluvias inmensas en la costa atlántica argentina con las que se
dan donde vivo estos días a orillas del Mediterráneo (que comparado solo es una
pileta).
Recuerdo el
año de la epidemia de parálisis infantil en que quedamos, las mamás y los
chicos, aislados en Necochea hasta el primero de junio, para evitar la vuelta a
Buenos Aires. Hacía frio y llovía de una forma que no se veía en verano.
Después de un rato sentado en el porche el frío me hacía entrar y me acercaba
al hogar a calentar las manos. Yo jugaba con el fuego mas de lo necesario. Antes
de volver a la capital, papá encargó leña que el tipo que la trajo depositó en
el garaje. Yo estaba a cargo de entrar los leños y cuando nadie miraba ponía
alguno innecesario en el fuego. Debo haber quemado un bosque entero, pero tengo
la excusa de haber sido un pibe de 14 años.
Sin prestar
mucha atención, me enteraba por radio que "ayer se diagnosticaron X nuevos
casos" y si la epidemia estaba amainando o no. Me hubiera quedado en
Necochea para siempre, pero un día volvimos a Buenos Aires.
C años después en Buenos Aires (1972)
Pasaron de eso muchos años y yo ya era un pinche
en las operaciones de Ortopedia. En los años 60-70 todavía se hacían
operaciones para corregir tal o cual secuela de aquella epidemia. Yo me sentía
incómodo con estos pacientes, que mas o menos tenían mi edad, pero cuyas vidas
eran y seguirían siendo tan distintas de la mía. Recuerdo mis visitas al
Instituto (en Buenos Aires) donde estaban concentrados en los años 60 y 70 los
chicos ya adultos que no podían apartarse del “pulmotor”. Este era un enorme
ataúd cilíndrico de chapa en el cual hacían sus vidas los pacientes. El cuerpo
acostado en una camilla dentro del pulmotor con la cabeza afuera, todo cerrado
hermético y un fuelle reemplazando a los músculos respiratorios paralizados.
Recuerdo a una chica de mi misma edad de cabellera larga, color castaño claro
colgando casi hasta el suelo y su madre, sentada junto a la cabeza, cepillando
el pelo. Y eso era 10 o 15 años después de la epidemia. Recuerdo las
operaciones y como ahondé en las explicaciones de mis maestros de porque
alargar tal músculo o reinsertar otro.
Mas
años pasaron y en 2003 Diego me llevó a escuchar un coro que cantaría en el “Hogar
María Ferrer” ubicado en una vieja casona cerca de Constitución (Montes de
Oca). En el lugar vivían adultos, víctimas de la epidemia de polio, que
quedaron con parálisis de los músculos de la respiración. Ahora reemplazaban el
pulmotor en el que vivian acostados por equipos respiradores portátiles
modernos instalados en sus sillones de ruedas. Juraría que la chica del pelo
largo, que nunca se me borró de la croqueta, era esa mujer mayor, sentada con
su respirador en el respaldo del sillón y un chal de seda en el cuello tapando
discretamente el tubo flexible que le proporcionaba el aire. No me animé a
preguntar y por otro lado ¿Qué podía preguntar? ¿si había tenido una mamá? ¿Y
para que joderla con recuerdos de los años que pasó acostada en los viejos
“pulmones de hierro”? ¿Felicitarla porque estaba viva?...
Cuando
visité el Hogar algunos pulmotores viejos estaban arrumbados en una pieza sin
otro uso. Dentro de uno de ellos una gata atendía a sus gatitos.
E En casa en Tel Aviv, ocupado en el dolce far niente contemplativo
Mientras
escribía lo anterior amainó la lluvia y ahora puedo ver el mar que hoy, creo,
tiene color gris. El cielo encapotado. Sobre el agua puntitos blancos hasta el
horizonte señalan que hay oleaje por el viento. Los pétalos, marchitos y sin
forma yacen alrededor del desagüe. Mi café se enfrió.
Me
pregunto que habrá sido de la vida de la chica de pelo largo. No de la mujer en
el María Ferrer sino de la que vi en mis primeros años en Medicina cuando la
mamá le cepillaba el pelo. Esa que me dejó con una sensación amarga de lo
arbitraria que es la vida. Y los médicos tratando de torcer el destino.
Ahí
viene otra nube oscura.
Ahí
esta la música, evocando en mi viejos recuerdos entre los relámpagos y los
truenos. La música nunca es neutral, aunque los brutos no lo sepan. Su magia levanto
a los pacientes de sus sillas, por lo menos de manera virtual.
¿Mas
café?
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